Existen ciudades que jamás he visitado, pero que le resultan familiares a mi imaginación; me he asomado a ellas entre las líneas de un libro, las he observado desde las ventanas abiertas del cine o de un televisor. De este modo, mis pasos me llevan por primera vez a una Polonia que jamás había pisado y que me resulta a la vez nueva y familiar.

En mi diario de viajes se han escrito, por primera vez, los nombres de ciudades como Varsovia, Gdansk, Torun, Poznan, Breslavia o Cracovia; casi todas ellas arrasadas durante la Segunda Guerra Mundial, que han sido minuciosamente reconstruidas, respetando al máximo su esplendor original. Polonia se presenta como un espejismo. Un nuevo y pulido reflejo de una etapa anterior, preguerra mundial y precomunismo, reensamblada como un puzle, con piezas rescatadas de entre los escombros.

En este gran viaje me he reencontrado con el Báltico, en las ventosas playas donde los buscadores de ámbar han rastreado la arena durante siglos. He visitado algunos de los museos más impactantes del mundo como el POLIN de Varsovia o el Museo de la Segunda Guerra Mundial de Gdansk. He escuchado las notas románticas del piano de Szymanowska o de Chopin, sentada en un banco de piedra del Jardín Sajón, mientras los soldados repiten el cambio de guardia perpetuo con su paso marcial ¡Clac, clac, clac…! He visitado lugares llenos de enigmas, como los túneles del misterioso proyecto “Riese”, que los trabajadores esclavos de los nazis horadaron en las entrañas del Castillo de Ksiaz, con una intención que sigue siendo, aún hoy, un misterio. He dormido en uno de los castillos que inspiraron a Walt Disney (Moszna) y en la cueva de un dragón cracoviano. Me he asombrado en enclaves que son un prodigio creado por la mano del ser humano, como las Minas de sal de Wieliczka o la delicada iglesia de madera de la Paz de Jawor y me he conmovido profundamente en otros que son la prueba de su mezquindad, lugares que jamás debieron existir, como el Auschwitz-Birkenau Memorial.








Las ciudades polacas que visité son pulcras, dinámicas y llenas de gente joven. En las esquinas emana el irresistible aroma a pan recién horneado y a jengibre. Sus plazas están repletas de tentadores restaurantes que titilan al anochecer con el resplandor de velas y guirnaldas de luz, y puestos de flores frescas que permanecen abiertos hasta las tantas, porque los polacos, simplemente, se regalan flores.

Además de sus cervezas artesanales, no dejes de probar el vodka polaco que, más que una bebida alcohólica, supone una manifestación cultural. Son populares los vodkas aromatizados con sabores como los de membrillo, guindas (mi favorito) o nuez. Toma nota, el brindis más común es “Na zdrowie”, un deseo de salud que se pronuncia con una sonrisa y mirando a los ojos, antes de apurar el vaso de vodka de un único trago.

Te aconsejo que emplees el transporte público, una opción eficiente y sostenible. Puedes caminar tranquilamente por sus ciudades, casi siempre llanas, o tomar una bicicleta o un patinete eléctrico. Yo prefiero caminar.
Y si el clima te sorprende en uno de sus continuos e impredecibles giros, no dejes de sonreír: los Uber o Bolt son bastante económicos.
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