Kuching despierta a un nuevo día. En mi hotel los familiares sonidos de la vajilla del desayuno y el olor a pan tostado acompañan el arranque de la jornada.
Yo acabo de despertar, pero en la jungla nada duerme.
El calor y la humedad parecen llegar antes de que el sol toque con sus primeros rayos los ventanales del hotel. Los cristales siempre están empañados debido a la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior. Desde la ventana de la habitación, la ciudad aún duerme, pero en algún lugar a pocos kilómetros, entre los árboles, algo se mueve. Siempre se está moviendo algo en la jungla.
A la mañana del segundo día en Borneo, nuestro transporte nos recoge con ese tipo de puntualidad que tienen en común muchos lugares que han sido antiguas colonias británicas. Nos dirigimos, acompañados de una guía local, al centro de fauna salvaje de Semenggoh. Llevo años soñando con estar exactamente aquí. Es normal sentir corazón acelerado con esa inquietante sensación de anticipación. La cámara ya está preparada en mi regazo. Sé que no hay garantías de nada pero confío en el destino.
Semenggoh es el mejor lugar donde poder contemplar orangutanes en semi-libertad. Digo “semi” porque se fundó en 1975 con la misión de recuperar y reintroducir orangutanes heridos, abandonados o capturados ilegalmente. Con el paso de los años ha ido derivando su actividad hacia el estudio, la investigación, la conservación y la educación de la sociedad en la preservación de la naturaleza y ampliando su zona de acción. Los orangutanes recuperados o cualquier otro se mueven libremente en la reserva.
La selva de Borneo —una de las más antiguas del planeta, con más de 130 millones de años— se ha reducido de forma dramática en las últimas décadas. Las inmensas plantaciones de palma aceitera han desplazado a la vegetación autóctona, y con ella, a las criaturas que dependían de ella para sobrevivir. Un orangután adulto necesita entre 18 y 25 kilogramos de alimento al día; cuando el bosque desaparece, ellos desaparecen con él. Según WWF, hemos perdido más del 50% de la población de orangutanes de Borneo en pocas décadas. Las tres especies de orangutanes existentes —la de Borneo, la de Sumatra y la de Tapanuli— están clasificadas como “En Peligro Crítico” por la UICN.
Reservas como Semenggoh son la última oportunidad de conservar a criaturas tan magníficas como los orangutanes.
No está permitido acceder con vehículo propio a la zona del parque. Tras adquirir la entrada nos subimos a un transporte abierto que nos lleva a la zona de avistamiento, es el lugar donde se encuentran las plataformas de alimentos y los miradores reservados para los visitantes. Puedes subirte por una pequeña cantidad de 15 RM por persona (ida y vuelta), o ir caminando casi 2 km (unos 20 minutos).
Cuando estés allí, con la temperatura y la humedad, apostaría a que casi seguro que elegirás el transporte.

En la zona encontrarás un pequeño centro de interpretación, solo se trata de una pequeña sala con paneles informativos y fotografías de los ejemplares que suelen verse en los alrededores. La sala tiene aire acondicionado, por si además de información necesitas un respiro de aire fresco.


Nuestra guía repasa con atención las estrictas instrucciones para el caso de avistar orangutanes. Previamente, ya revisó que no llevásemos con nosotros ni mochilas, ni paraguas/trípodes/palos selfies; nada que un orangután pueda interpretar como amenaza, ya que algunos los pueden asociar con rifles. Te recuerdo que son criaturas muy inteligentes y con una gran memoria y capacidad de asociación. Tampoco se puede llevar botellas de agua ni comida, al haber normalizado que los humanos les suministren alimentos pueden optar por tomarlos a la fuerza.
Antes de comenzar la visita nuestra guía intenta bajarnos las expectativas. En ocasiones se acercan a las plataformas de alimentación un buen número de orangutanes, otras veces ninguno. Hay que ser realistas con el discurrir de la vida salvaje.
Pero somos gente con suerte.
Mientras caminamos por uno de los senderos, la guía nos pide silencio y nos señala a los árboles casi tan entusiasmada como yo. Allí arriba, se balancea en un equilibrio imposible una hembra de pelo cobrizo, nos ha visto y se limita a darnos la espalda e ignorarnos olímpicamente, mientras bebe un líquido de suplemento de una botellita de plástico que ha debido recibir de uno de los cuidadores.

Al menos, ya hemos podido disfrutar un ratito de la elegante indiferencia de nuestra amiga peluda y tenemos algunas imágenes borrosas de ella dándonos la espalda. En ese momento nos sentimos muy afortunados, es nuestro primer orangután.
Cuando ella decide desaparecer balanceándose a otras ramas fuera de nuestra vista, continuamos caminando por el húmedo sendero que se interna en la jungla, entre las ramas y el barro, hasta alcanzar la principal plataforma de observación (apenas son 200 metros de sendero). Varias decenas de visitantes aguardan aquí, con la vista puesta en la plataforma de alimentación y los móviles preparados.

Esperamos. La jungla está en calma. Solo el lento movimiento de las nubes marca el paso del tiempo. No aparece ningún orangután, pero sí una buena colección de alborotados macacos, pajaritos y alguna ardilla gigante, todo sea que no se desaprovechen las frutas y verduras.

Más de media hora de espera después, los orangutanes siguen sin dar señales de vida. Nuestra guía decide que nos movamos de nuevo hacia la zona central. De regreso al camino, compartimos ruta con extraños artrópodos que aparecen y desaparecen bajo la hojarasca húmeda o recorren los puentes conformados por ramas espinadas.

La vegetación es muy variopinta, nuestra guía nos señala y nombra algunas especies entre ellas la planta de la pimienta, muy común en esta zona. Las especias fueron el reclamo por el cual los intrépidos navegantes europeos y árabes llegaron a estas costas hace siglos.


Cuando estamos a punto de regresar, escuchamos un alboroto de cuchicheos a nuestra espalda. La guía nos hace señas para que nos movamos rápido y en silencio. ¡Orangután a la vista! Y, ¡premio gordo!: es nada menos que el macho al que llaman “Richie”, el maduro dominante alfa.

Me quedo paralizada en el sitio.
No es que no esperara verlo. Es que ninguna fotografía, ningún documental, ninguna descripción te prepara para la realidad de un macho adulto de orangután a pocos metros. Se desplaza por una de las cuerdas tensadas entre los árboles con una calma absoluta, como si el mundo entero fuera suyo —que, en cierto modo, lo es. Lo primero que me sorprende es el pelaje: largo, cobrizo, que se balancea a su alrededor con la gravedad, como una capa. Lo segundo es el tamaño de sus manos. Lo tercero —y esto es lo que no esperaba— es la mirada.
Hay algo en los ojos de un orangután que resulta perturbador en el mejor sentido posible. Una profundidad que no encaja con la idea que tenemos de lo que es un “animal” y se acerca más a un “humano”. La científica Biruté Galdikas, la mayor experta mundial en orangutanes, escribió que tienen “una paciencia y una dignidad que recuerdan a los monjes budistas”. Mirando a Richie, entiendo exactamente lo que quiso decir. No hay nerviosismo en él, ni curiosidad por nosotros, ni nada que se parezca a la prisa. Solo está siendo él mismo y hace lo que le place.
No puedo evitar pensar que George Lucas debió inspirarse en ellos para Chewbacca. Y luego recuerdo que este ser lleva sobre la tierra 13 millones de años más que nosotros, y que en ese tiempo hemos sido capaces de llevarnos por delante a la mayoría de los suyos.

A Richie le sigue una hembra que juguetea con su cría, ambas colgadas de la tirolina del parque, demostrando la increíble fuerza y flexibilidad de sus extremidades.

Observar a los orangutanes es emocionante e hipnótico.
¡Qué experiencia tan alucinante! Te recomiendo que apures todo el tiempo que te permitan los rangers del parque, porque los orangutanes pueden aparecer en el último momento —y cuando lo hacen, el tiempo se congela.
Nos vamos de Semenggoh con una sonrisa de oreja a oreja y algo más difícil de nombrar: esa sensación de haber estado en el lugar preciso en el momento exacto.
Los malayos tienen un dicho sobre los orangutanes: que son tan inteligentes que no hablan, para que el hombre no los ponga a trabajar. Yo creo que hay algo más. Creo que, si hablaran, no nos gustaría nada lo que tienen que contar, que ellos conocen este bosque mejor que nadie, y que lo único que piden es que los dejemos vivir en paz.
Observar a un orangután en libertad es mirarse al espejo. A uno que nos devuelve una versión muy antigua de nosotros mismos: más silenciosa, más contemplativa, más como debe de ser. Y cuando te alejas, cuando vuelves a experimentar la humedad y el calor pegajoso vuelve a cerrarse sobre ti devolviéndote a la realidad, te llevas contigo la certeza de que hay tantas maravillas en este mundo que merecen ser protegidas con mucha más urgencia e intensidad de las que somos conscientes.
Borneo no decepciona.
Borneo también nos necesita.

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